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19 enero 2010

De senderos y ábacos

Quizá el día que despierten los olores estivales respire hondo y sienta las plantas de la entrada exhalándome su oxígeno. Imperturbables, danzando apenas con la brisa o estremeciéndose en las últimas gotas del rocío que las amaneció.
Quizá una tarde gire en la esquina y allí me encuentre lo que tantas veces bocetó mi corazón, realizandose en mis ojos, perenne para el futuro recuerdo, justo ahi, sellado en mis años.
Quizá una noche observe la calle a través de mi ventana y no sean los blancos macetones de arbustos mustios los que vea, quizá si despliego la vista un poco, más allá del bordillo y el carril que desemboca en el portón rojo, sea lo que distinga algo más que casas tristes a uno y otro lado. La carretera desierta, íntima, iluminada por las farolas recientemente adquiridas que apenas sirven para vislumbrar el barrio solitario de este invierno.
Quizá llegue el momento de abandonar el ábaco, dejar de analizar las vistas que no cambian por más que me detenga en los más nimios rincones por ver si descubro un detalle que sorprenda. Porque de eso se trata esta noche, esta noche que comparo con otras noches y sigo así el sendero que me lleva a otros senderos. Nada ya me sorprende.
Un cigarro, por favor.
Imágen: "Las farolas" Tamara de Lempicka

2 comentarios :

Lunska Nicori dijo...

Quizá una tarde cualquiera, abierta la rosa, exhale los recuerdos dormidos. Quizá...
Siempre disfrutando con tus escritos.
Un abrazo

Juan Antonio dijo...

Quizás un día el horizonte estalle en colores naranja fuego, y mis alas de viento y nubes se abran para siempre, y ya no pueda mirar al suelo desde el suelo, sino desde los bordes del Universo.

Un abrazo compañera. Me encantó el texto