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25 agosto 2009

De cicatrices y meridianos

Aquí, desde el silencio de la soledad, en el compartimiento estanco de todas sus abstracciones, ella había trazado una línea cruzando el meridiano de la pared con la espalda de él, que dormía bocabajo.
Imaginaba que él sería capaz de despertarse y mirarla mirándolo, que sus ojos dejarían de rogar y podrían cerrarse en algún espasmo, por ejemplo, de esos que hacía siglos a él no le interesaba darle.
La breve luz que dejan pasar los agujeros de la persiana sigue amaneciendo la cicatriz que ni él ni nadie ha sido capaz de recorrer.
Pero es mucho más que eso, ella es la cicatriz que no menguó el tiempo.
Ella era todas las respuestas a lo que nunca preguntó él, era la que él no conoció y acariciaba.
Era la que ya no quería decirle nada, la que planeaba cada día la despedida, la que lo buscaba con los ojos en medio de la gente y no encontró ni un atisbo de complicidad. La que oía llover cuando él le contaba sus planes, la que maquinaba fugas diarias y vivía en una eterna evasión. La que dejó de quererlo a pulso, la que dejó de esperarlo de la misma gradual forma en que empezó a amarlo. La que se perdió de tanto darse, la que después y a solas se encontró.
Echarlo de menos, cuando aún estaba, hizo el resto. Así que se salvó perdiéndolo de vista.
Imágen: Flavia Curuchet. "Espalda de mujer"

1 comentario :

El Maquinista dijo...

Bordear la cicatriz, desde donde comienza hasta donde termina, responde a tantas preguntas que no es necesario formular ninguna más, bordear la cicatriz, sinuosa y perfecta, es conocer la razón por la que se planean despedidas antes que se produzca el primer encuentro. Osar tocar la cicatriz, es desafiar al destino, es intentar ahuyentar a la soledad que la abraza y la atormenta. Besar la cicatriz está por llegar, a sabiendas de que el espasmo será como un terremoto que nunca antes llegó a sentir, la cicatriz es un tango que acaba en una esquina maltratada por la ausencia.