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14 mayo 2009

De caballeros de agua

Después de tenerte en interminables horas de humo y charla, me haces el sórdido regalo de la indiferencia.
No esperaba menos, guerrero, esta princesa entiende, más de lo que sabes, a caballeros de armaduras oxidadas. Sobre todo cuando no hay dragones a quien matar para acceder a ella, sobre todo cuando detienes en seco a tu caballo sólo porque te ha devuelto la sonrisa desde su ventana.
Y qué te hubiera dicho esta princesa si la hubieras dejado, si te hubieras acercado sólo un poco al pie de la torre para oírla musitar que le hacías falta. Sin preguntas, sin porqués, sin argumentos.
La noche se tercia borrosa y opaca y me ha tocado pagar tus desencantos.
Tampoco he sido justa, lo sé, dejé que el animal herido se asomara.
Esta princesa morirá de romanticismo cuando le llegue su hora, no habrá otras causas naturales.
Las princesas de las torres ya no estamos de moda, nos hace falta muy poco para soñar nuestro propio cuento de hadas porque somos intensas y apasionadas aunque las hadas no existan, aunque tampoco existan los príncipes ni los besos que nos puedan despertar de algo. Pero así como soñamos, más rápido nos espabilamos. Y comemos las perdices siempre a solas y tenemos claro que las ranas son ranas y sería irrisorio besarlas.
Y escondemos un precioso par de alas que estrenamos a diario para conjurar al tiempo y la derrota, a la casa, a la ropa, a la rutina, la cocina y la desgana.
Y en algunos momentos, esos momentos que se suceden de tanto en tanto, le sonreímos a algún guerrero que galopa de frente hacia nosotras como esperando rescatarnos de algo, esos que quieren poseer nuestra alma pero huyen despavoridos si se te ocurre abrazarlos.
Ya no estoy asomada a la ventana, caballero, puedes pasearte tranquilo en el paisaje. Me quedé un rato por si volvías, pero recordé que soy una princesa y no una mendiga.
Te he dejado un cartel colgando de la torre por si te sirve, a las princesas nos es de mucha utilidad: "En la vida estarás siempre diciendo adiós. Que eso no te impida amar."

1 comentario :

El Maquinista dijo...

No te asomes a la ventana, súbete a lo más alto del torreón más alto de tu alta fortaleza, porque, a veces, sólo a veces, los caballeros no se acercan cabalgando en un brioso corcel, hay veces que pueden venir volando a lomos de un fiero dragón, y no temen abrazos, sino todo lo contario, y, aún así, siguen con su vuelo alzado intentando agarrarte, subirte con él, y mostrarte todo lo que desde el suelo no se puede contemplar.